El triste adiós a nuestros seres queridos en Cantalapiedra

La despedida nos une a todos. Cuando algún ser querido familiar, amigo, vecino o persona del pueblo se va nos sentimos empujados a sumarnos al cortejo del adiós. Físicamente no volveremos a verle por Cantalapiedra. Cuando vemos una esquela o nos dan la noticia de que alguien ha fallecido primero nos paraliza, también lo hace el sentir tocar la campana de esa forma peculiar que decimos tocan a muerto. Aquí vamos a la iglesia donde la ceremonia de despedida es la oficiada por el sacerdote católico y se produce el último protocolo religioso tras el sacramento de la unción de enfermos o la extrema unción. Se trata del acto más triste porque después se conduce el cadáver al campo santo. Para algunos creyentes el alma o el espíritu de aquella persona ya no está en el cuerpo que se entierra o incinera. Antes todos hemos desfilado frente a la familia y el féretro para dar el pésame. Ese desfile en el interior del templo es uno de los momentos más emocionantes de la vida social en Cantalapiedra, porque amigos y enemigos, ricos y pobres, hombres y mujeres, se olvidan de esa condición compartiendo el sentimiento de verse como personas, como seres humanos, todos iguales.
La semana pasada se fueron dos hombres de Cantalapiedra y esta semana se han ido dos mujeres. Son personas queridas, y que a su vez tenían gran apego a la localidad, aunque no todas vivían en el pueblo. Cada muerte en esta localidad es una gran pérdida. Es siempre una triste noticia la defunción de cualquier ser humano, pero aquí hay que sumar el agravante de la despoblación. Ellas y ellos, todos son importantes y aportaron mucho a lo que es hoy nuestro pueblo. Pero hay un agravante y es que Cantalapiedra se está acabando con cada persona que nos deja. Descansen en Paz.


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